Sube al patrulla conmigo: lee el inicio de «Misión: Apto»

Muchos opositores me preguntan cómo son realmente mis libros.
La mejor manera de explicarlo no es hablando de ellos.
Es dejándote subir al patrulla conmigo.
Lo que vas a leer a continuación es la introducción y el inicio de «Misión: Apto». Un libro escrito para quienes sueñan con vestir un uniforme y para quienes necesitan recordar, en los días más duros, por qué empezaron este camino.
Sin postureo. Sin frases vacías. Solo tú y yo comenzando el servicio. Así comienza «Misión: Apto»:

Si vamos a ser compañeros, dejemos las cosas claras desde el principio

Acabo de cumplir cincuenta y un años. Quizá para ti soy un viejo, tal vez la persona a la que admiras, o incluso un pitufo, un municipalillo, una mierda pinchada en un palo o tu escritor favorito. Por Dios, ¡qué contrastes tiene la vida! Una vida que puede ser maravillosa o muy perra. Una vida que muchos quisieran tener y que otros tantos desprecian, a veces, por envidia.
Porque debes saber que, si opositas y lo haces bien, es probable que alguien a tu alrededor sienta celos. Y ya no te digo nada cuando apruebes y vistas el uniforme con que tanto soñaste: el azul de policía, el verde de guardia civil o la bata blanca de hospital. Da igual. A esta sociedad que te ha visto crecer no le gusta que progreses. Si eres rico, querrán que seas pobre y, si eres pobre, querrán que sigas siéndolo.
Y si no lo comprendes, tienes tres opciones: una, cabrearte como me cabreé yo en su día; dos, pasar como pasé yo más tarde; o tres, y para mí la más importante: desmarcarte del resto y alegrarte de los éxitos ajenos. Es decir, convertirte en un ejemplo de lo que es un hombre o una mujer educada, íntegra y con principios. Porque así conseguirás alcanzar las metas que te propongas, y lo harás con elegancia.
Y de eso trata Misión: Apto, de sacar tus fuerzas, de ser resiliente y de dejar el resentimiento, el orgullo y la arrogancia a otros. Hablamos de caminar con humildad y luchar con un par de cojones u ovarios.

El caso es que prefiero que me veas con malos ojos antes que como el abuelo que da consejos a sus nietos. Me niego rotundamente a ser un señor mayor para ti. Y si me contemplas así, te ordeno que dejes de leer ipso facto. ¿Pero quién soy yo para mandarte?
Lo que tampoco quiero es que me mires como a un padre. Lo que me gustaría es que me leyeras como un compañero de camino, y por eso, en la obra que sostienes en tus manos, tú y yo nos vamos a tutear. Que sí, que cada vez peino más canas, que tal vez la prosa que emplee en este libro no sea la que leíste en los anteriores y por momentos te parezca un viejo cascarrabias. Pero he decidido hablar claro contigo, en vez de embelesarte con palabras adornadas, porque si quieres aprobar la oposición, se acabaron las caricias, las excusas y los reproches; se acabaron los «es que» y los ejemplos del vecino.
Aquí, el único ejemplo que vale es el que demuestres tú con tu esfuerzo y sacrificio. «Pero es que yo nunca fui el más listo de la clase». Te equivocas. Mientras pienses así, permanecerás estancado y atolondrado.
Ya está. Se acabó de una vez por todas el lamentarse por el pasado o el pensar que llegas tarde. Si no tienes los títulos para opositar y de verdad quieres hacerlo, tendrás que sacártelos. Si no quieres o no puedes por los motivos que sean, esa es otra historia y este no es tu libro. O sí, tal vez sí lo sea.
Y si los tienes y quieres que se conviertan en algo más que un simple papel con cuatro bordes dorados que adorna tu habitación, no perdamos más el tiempo. Remanguémonos y metámonos en faena. Comencemos el servicio.

Aclaración del autor

Este libro es un diálogo entre dos hombres, o entre una mujer y un hombre, entre tú y yo. Me dan igual tu sexo y tu edad si lo que de verdad quieres es ser policía hoy o te lo planteas para el futuro. Desde el principio voy a ser muy claro contigo, con un único objetivo: ayudarte a tomar decisiones difíciles. Si no vales para esta profesión, optarás por cambiar de destino.
Nunca me han gustado las personas que se creen el centro del universo ni aquellas que pasan el día compartiendo sus penas en redes sociales para que les doren la píldora. Últimamente, me he encontrado con opositores egocéntricos y con otros que juegan a dar lástima. Sinceramente, creo que este tipo de perfil no se ajusta al aspirante que pretende convertirse en policía, porque desmerece la imagen de unos cuerpos que deben transmitir seriedad y fortaleza. Uno puede llorar una vez, dos o tres, pero no todos los días y a todas horas si lo que realmente quiere es vestir el uniforme azul, verde o negro, de la placa en el pecho.
Mientras conversamos, te contaré con claridad y sin tapujos en qué consiste esta profesión. Por supuesto, lo haré con educación. Antes de querer ser GEO, tendrás que querer ser policía. Flipados no quiero en mi equipo. Si no aceptas el cambio o no estás preparado para el oficio, te invitaré a buscar otro trabajo.
Si tienes las ideas claras, y espero que sí, es probable que te sobre algún capítulo. Es más, me alegraría si ya tienes asumidas muchas de las respuestas que hallarás en estas páginas; aunque nunca está de más recordar por qué empezaste a opositar.Para concluir, quizá el principal motivo por el que elegiste este libro y también por el que yo lo he escrito, te detallaré con pelos y señales cómo se consigue sobrevivir a los momentos más complicados de esta larga carrera. Te marcaré el ritmo para que no te desfondes, te daré claves para que no te sientas esclavo del temario ni el camino se convierta en un infierno. Haré lo posible para que entiendas el proceso y, ¿por qué no?, para que también puedas disfrutar de él. Pero, siempre y cuando, antes tengas la certeza absoluta de que este es tu verdadero propósito de vida.
Esta es la verdadera misión de este libro, ayudarte a vencer tus miedos y tirar hacia delante para que alcances el uniforme soñado. 

Preámbulo

Hace trece años comenzó mi aventura como escritor. Recuerdo que, en las primeras líneas de un libro que cambiaría mi vida para siempre, De patrulla con Filípides, te contaba cómo, tras una llamada a la centralita de policía, mi compañero y yo nos dirigíamos a comprobar el origen de un estruendo que una vecina había escuchado en la casa de al lado. No voy a hacer spoiler, su resolución está en sus páginas.
Después de tantos años como policía, puedo hacer balance de la cantidad de casos que hemos resuelto con éxito gracias a la llamada de un vecino. Quizá no seas consciente de ello, pero es probable que tú ya hayas sido el mejor policía alguna vez en tu vida. Porque para serlo no es necesario vestir el uniforme, sino estar atento y actuar.

Por esta razón, Misión: Apto es para ti. Porque en los últimos años me has escrito con ilusión para contarme tu primera intervención en la calle: evitando que aquel tipo golpeara a su ex, practicando una reanimación cardiopulmonar al cajero del supermercado que se desplomó inconsciente, cediendo tu abrigo a la joven que tiritaba en la parada del autobús, ayudando a un anciano a cruzar la calzada o quitándole las llaves del Seat León a tu mejor amigo después de mezclar whisky con ron.
Y si no me lo has contado, presumo que alguna vez has ejercido la labor de socorrer. Por eso quieres ser policía, bombero o enfermero. Porque en tus genes está la motivación de auxiliar y proteger.
Y por eso hoy quiero invitarte, como ya hice en Crecer para ser, a subir conmigo al coche de los sueños, el de las luces y destellos azules. En este libro volverás a ser mi mejor compañero. Hoy continúa un servicio que comenzó el día que decidiste opositar: un turno intenso de trabajo con el que intentaré llevarte desde cero hasta las puertas del apto, pero no sin antes haber superado mil y una penurias en el proceso. No sin haber presenciado los peores momentos de la vida de los demás. No sin haber sido testigo, en primera persona, de la capacidad que tiene el ser humano de matar.
Si quieres ser policía, primero necesitas sentir el miedo. Hoy yo te guardaré la espalda y tú me salvarás la vida. Prometo recompensarte.

Todas las intervenciones policiales que leerás en este libro son reales, pero en ningún caso sucedieron exactamente como se relatan. Han sido lo suficientemente distorsionadas y entremezcladas para que nadie pueda sentirse ofendido ni perjudicado.
Los hechos ocurrieron a lo largo de cinco años. Los lugares, nombres y nacionalidades de los protagonistas son ficticios. En cada una de estas historias, el autor fue el protagonista y, desde este mismo momento, comienzas a serlo tú.

1. El milagro del piso cuarto

Era mi primer servicio de noche después de mes y medio de baja por la maldita artrosis. Los años en los que corría maratones me pasaron factura y, una década después, a punto de llegar al medio siglo, mi espalda me daba el primer toque. Una advertencia que probablemente se vio acelerada tras la dichosa inyección de corticoides que me quitó el dolor de la contractura en el cuello para, a continuación, atacar sin piedad mi columna. Hoy agradezco haber recibido ese aviso, porque si no hubiera sido por esos puñeteros nudos que me impidieron conciliar el sueño durante seis semanas consecutivas, no me habría enterado de que mi columna era la de una persona sexagenaria y, por tanto, no habría puesto remedio a tiempo. A veces lo malo sucede para bien; en realidad, muchas veces.
El tema es que para casi todo en esta vida hay una solución, y en mi caso esta no fue la más difícil de acatar. La tarde en que el traumatólogo observaba atentamente la resonancia para decirme, sin levantar la cabeza del informe, que a partir de ahora tendría que correr menos y fortalecer más en el gimnasio, yo ya había asumido la decisión sin reproches. Los excesos se pagan. Ahora toca ser consecuente. Aprendemos, corregimos y seguimos. Y aquella madrugada de domingo, la primera en la que volvíamos a trabajar juntos tú y yo tras mi reincorporación, hacía demasiado frío para que un hombre anduviera desnudo por la calle.
—¡¿Pero qué cojones hace ese tío ahí?! —exclamaste al mismo tiempo que clavabas los frenos del Peugeot 3008.
Un sudamericano en calzoncillos y descalzo hacía aspavientos y voceaba para que nos detuviéramos. Parecía asustado.
—¿Qué ocurre, caballero? —le preguntaste por la ventanilla.
—¡Están matando a mi amigo! ¡Lo están matando! Ahí arriba, en el piso —dijo, visiblemente alterado.
—¿Pero qué está usted diciendo? —le pregunté mientras nos desabrochábamos el cinturón y bajábamos del coche.
Me acerqué el micrófono del walkie-talkie a la boca y ordené a las patrullas:
—Venid a toda hostia a las Puertas de Murcia.
Y a la base:
—Mándanos una ambulancia con equipo médico.
—¿Qué ocurre, jota? —preguntó el víctor 2.
—Ahora os cuento. No os demoréis.
—Estamos a tres minutos —contestó el víctor 5.
—Nosotros a cinco minutos —replicó el víctor 3.
—También a cinco, jefe —respondió la pareja de pedanías bajo el escandaloso eco de la sirena.
—Solicitando la ambulancia —dijo el compañero desde la base.

—A ver, caballero. Tranquilícese. Cuénteme un poco más despacio qué está ocurriendo ahí arriba —le pedí.
—Los paraguayos están cosiendo a puñaladas a mi amigo. Lo he visto con mis propios ojos.
—¿Pero ellos están todavía ahí? ¿Cuántos son? —interrogaste tú.
—Sí, sí. Ha sido ahora mismo. Son dos: el Nelson y el Pipe. No les ha dado tiempo a bajar. ¡Están matando a Wilson!
—¿Por qué? —repliqué.
—¡Yo qué sé! Estaba durmiendo en mi cuarto cuando escuché los gritos de Wilson pidiendo auxilio. Salí a ver qué pasaba y lo vi todo. El Pipe lo sujetaba y el Nelson lo apuñalaba. Entonces bajé a pedir ayuda.
La verdad es que, en aquel momento, lo que menos importaba era saber las razones. Pero es que los policías no somos perfectos y, en ese estado de extrema agitación, bastante bien guardamos la calma y actuamos con decisión. Entre tú y yo: hicimos lo que teníamos que hacer.
—Compañeros, es probable que se esté produciendo un apuñalamiento en el número 5 de la calle del Carmen, cuarto piso. Un testigo informa que son dos los agresores. Extremad precauciones. Nosotros vamos a subir. No podemos esperar.
Y eso hicimos los dos: asegurarnos de llevar puesto correctamente el chaleco antibalas, desenfundar el arma, sujetarla fuerte con ambas manos y tirar para arriba. No nos lo pensamos.
Ahora recuerdo tus ojos, cómo me miraste, igual que tú recordarás los míos mientras rememoramos la escena de la tragedia. No era miedo, ni una sola pizca de este; era preocupación por lo que nos íbamos a encontrar en aquella habitación del horror.
Pudimos elegir el ascensor, pero este no se encontraba en la planta baja. Así que decidimos subir por las escaleras. Tú ibas detrás de mí, podía sentir tu aliento. A la altura del primero, escuchamos un ruido. Te hice un gesto con la mano y nos detuvimos en seco. La luz se apagó, pero se volvió a encender enseguida. Continuamos con la ascensión a todo trapo, pero con la máxima precaución. Tú apuntabas a un lado, yo al otro. En ningún momento nuestros cañones se cruzaron.
Los dos llevábamos la pistola preparada para disparar, el dedo fuera del gatillo, pero a un suspiro de este. A la altura del tercero nos percatamos de que el ascensor se ponía en marcha. Apreté el botón con la intención de pararlo. Realmente no sé ni por qué lo hice, pero alguna razón sobrenatural tendría. Y seguimos hasta llegar al cuarto. La puerta de la vivienda estaba entreabierta. La alfombra era una extensa mancha de sangre que se prolongaba hasta el ascensor.
—Jota, ya estamos abajo —anunciaron nuestros compañeros.
—Cubrid el ascensor. No subáis. Repito: ¡no subáis! Puede que estén bajando ahora mismo. Y cuidado. Mucho cuidado. Nosotros vamos a entrar a la casa.
—Jefe, el montacargas se ha detenido en otra planta. Dice este hombre que, desde que subisteis, no ha salido nadie por él —señaló Lucas del víctor 2.
—Cuando lleguen los compañeros, que se quede una patrulla abajo y las otras dos ascendéis por las escaleras con mucho cuidado. Si no les ha dado tiempo a escapar, tienen que estar en algún rellano.
La sangre me hizo presentir que llegábamos tarde y que estos habían huido, pero tú te percataste de un detalle del que yo no me había dado cuenta. Una observación divina que posiblemente valiera por tres vidas aquella madrugada.
—Jota, si son dos. Las pisadas parecen de un solo hombre, por lo que el otro está dentro todavía —concluí.
Teníamos que entrar. No podíamos perder ni un instante. En el interior de ese piso, muy probablemente había un tío armado con un cuchillo y otro malherido, cuando no hubiera fallecido ya.
Nos volvimos a mirar, resoplamos al unísono, le echamos un par de cojones, le pegué una patada a la puerta con el talón y, mientras atinaba a encender la luz del recibidor con la culata de la pistola, dije en voz alta:
—Somos la policía. ¿Hay alguien ahí? No te escondas y sal con los brazos en alto.
No contestó ni Dios, salvo la iluminación: esta sí que nos contó muchas cosas. Y es que nunca habíamos sido testigos de una escena así. Las paredes del pasillo parecían pintadas al gotelé, pero no de blanco, sino del color de la vida, o la muerte. La sangre era más espesa que acuosa. El corredor de líquido carmesí nos llevaba directamente hasta el salón, donde había una televisión encendida, pero sin voz, en la que echaban a esas horas un capítulo de Los Simpson; cuatro o cinco litros de cerveza desparramados en la mesa y cientos de pisadas desordenadas sobre un gran charco de sangre nos hicieron comprender que estábamos ante el lugar del crimen. Pero allí no había nadie, ni un muerto ni un asesino, solo tres puertas cerradas y un destino.
—Salga de ahí ahora mismo. Sabemos que está escondido. Salga con los brazos en alto —ordené en entonación elevada. El silencio volvió a ser la respuesta.
Tu espalda estaba apoyada a la mía, nos movíamos con una coordinación perfecta, girando lentamente en sentido de las manecillas del reloj. Entre los dos apuntábamos a las tres puertas. Debíamos actuar con celeridad, pero por más que mirábamos los rastros de sangre, ninguno nos ayudaba a presagiar en cuál de las tres habitaciones se encontraban.
—Jota, ya estamos todos. Subimos —comunicaron los compañeros.
El mensaje nos pareció una bendición, pero ya no podíamos contestarles. Utilizar la emisora suponía soltar por un suspiro el arma y no era, desde luego, la mejor opción en aquel momento. Notar una gota de sudor en una de las noches más frías del invierno, en una vivienda sin calefacción, fue el detonante de mi intuición. La sentí deslizar lentamente por mi mejilla hasta que se separó de mi tez y cayó al suelo. Por una milésima de segundo me quedé embelesado contemplando cómo se diluía entre la sangre. Todo, hasta lo que parece más insignificante, es una señal. Una flecha se dibujó en la losa.
Levanté la cabeza, te hice un gesto que entendiste a la perfección y con agilidad y mala leche giré la manivela de la puerta del medio con el pie. Tras ella… solo había un armario cerrado. Su pomo era gris, pero aquel día también era rojo.
—Sal de ahí. —Los calificativos que dije a continuación no los voy a reproducir. Serán otro más de nuestros secretos.
La puerta empezó a abrirse despacio. Dos cañones apuntaban a su interior. De él salió un hombre con las manos ensangrentadas. En la de la derecha sostenía un utensilio de trinchar que tenía una hoja de más de un palmo. No hizo ademán de levantarlo.
—Suelta el cuchillo ahora mismo.
Obedeció. De una patada separaste el arma afilada de su alcance. Luego no tardó ni dos segundos en caer al suelo, ni treinta en ser engrilletado.
—¿Dónde está Wilson? —le pregunté.
—Donde se merece estar: en el infierno —respondió con una frialdad excepcional.

Lo que pasa es que, a veces, el infierno está más cerca de lo que nos pensamos. Y, a veces, en él también hay vida. Sucedió todo tan rápido que a día de hoy sigo sin tener una percepción real de lo que pasó. Lo único que recuerdo bien es el susto que nos llevamos tú y yo. Porque todos sabemos que hay que tenerles miedo a los vivos y no a los muertos. Pero es que aquel muerto estaba bien vivo. Y es que todavía no soy capaz de concebir cómo ni por dónde apareció. Sujetábamos al detenido en el suelo cuando sentí el calor de una mano que se apoyaba suavemente sobre mi hombro, giré la cara y vi que mis galones estaban cubiertos de rojo. Te miré, me miraste y a la vez pegamos un salto hacia atrás. Una inmensa bola de sangre permanecía de pie frente a nosotros.
Ni en un episodio de Juego de tronos podrían haber caracterizado así a uno de sus protagonistas cosido a puñaladas. Wilson estaba allí, inmóvil, mirándonos fijamente. No podía articular palabra, ni tan siquiera pestañeaba, pero tampoco se caía al suelo. No sabíamos ni por dónde empezar a taponar sus heridas. Lo que sucedió después fue todo muy rápido. Si no me falla la memoria, fuiste hasta el lavabo y te trajiste una toalla. Se la envolvimos sobre el cuello. Intentamos tumbarle para ponerlo en una posición más segura, pero era imposible. Sus piernas estaban agarrotadas como un bloque de hormigón armado. Tampoco sabíamos si hacíamos lo correcto. Los compañeros entraron por la puerta. A la vez, los que estaban abajo comunicaron por la emisora que los médicos estaban preparados para subir cuando los avisáramos y, obviamente, les diéramos la protección adecuada.
—Jota, ni rastro del otro en las escaleras —dijo Pablo.
—No es posible. No le ha dado tiempo a huir. Bajad corriendo y subid con los sanitarios —les ordené, para comunicar a continuación a los compañeros que aguardaban en la entrada del edificio—: De acuerdo, que esperen ahí. Víctor 2 y 3 bajan ya para escoltarlos.
Sin rastro del tipo que había huido, y una vez que Wilson estaba atendido por los facultativos, desorientado y algo mareado por el intenso olor a mugre, decidí salir de la vivienda. Sin saber en aquel momento por qué, volví a tocar el pulsador del ascensor. De repente, la puerta se abrió…
Y sí, ocurrió así. A veces la realidad supera a la ficción. Fue como una aparición divina y menos mal que Dios estuvo a mi lado, porque me pilló desprevenido.
—¿Pero qué cojones haces tú ahí?
No hizo ademán de forcejear. Él solito se puso las manos sobre la cabeza, dio un paso hacia delante y se arrodilló ante mí, para a continuación decir:
—Se merecía morir.
Asombrosamente, Wilson logró sobrevivir. El doctor nos contó que había perdido mucha sangre. Dijo textualmente:
—Si no se muere esta misma noche, será obra de un milagro.
Pero aquel día no fue uno solo el que se dio, sino varios. En su agenda ancestral debía estar escrito que su amigo bajaría a pedir ayuda. También, que la policía pasaría al mismo tiempo por la puerta. Estaba escrito que debíamos ser tú y yo.
Semanas después, los del diario El Español fueron a entrevistarle al hospital. De nuestra actuación nadie se acordó. Ni siquiera él. Pero tú y yo, y desde hoy todos los lectores de este libro, podrán saber lo que pasó aquella madrugada en el piso cuarto mientras la ciudad dormía.

Si después de leer esto sientes que este libro puede acompañarte durante la oposición, Misión: Apto está disponible en mi web. Y ahora sí. Comencemos el servicio.

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